Delicias de invierno

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{Carta interceptada por uno de nuestros agentes en las montañas del Teruel más profundo e inaccesible. Parece ser que alguien la dejó abandonada en un pequeño hotel rural, solo visitado por gente que necesita esconderse o alejarse de su propio mundo.}

Mi querida y estimada Lucía. Hace ya demasiado tiempo que no recibo noticias tuyas. Espero que te encuentres muy bien y que por fin hayas podido encontrar tu lugar, ese lugar tan inaccesible y oculto del que siempre me hablabas en nuestras conversaciones frente a la orilla del mar, aquellos veranos que bajábamos hasta el Mediterráneo, y que parecía ser lo único que te movía a seguir adelante. No tengo esperanza alguna en la idea de que pueda recibir contestación tuya, a esta correspondencia lanzada al vacío. Ni siquiera conservo una dirección postal a la que remitir el sobre que ya tengo preparado, con solo tu nombre, confiando en las habilidades de un cartero imaginario con sobrenaturales poderes profesionales como para encontrar un buzón en el que tú, algún día la recojas, abras el sobre y puedas leer estas letras perdidas al vacío. Hasta ese mismo instante, me dejaré llevar por esa absurda esperanza y seguiré escribiendo.

Anoche me encontré de nuevo con él. Te sigue llorando cada día, y cada noche se sumerge en una profunda fosa abisal de oscuridad, temores, remordimientos y dudas, preguntándose si de alguna manera él es el culpable de tu desaparición. Ambas sabemos que no, pero eso no se lo he contado jamás, como te prometí el día que marchaste para siempre. Quizá vendí mi alma a una promesa perdida de una persona perdida, que provoca innecesarios sufrimientos a los que nos quedamos, pero, mi estúpido sentido del honor y la lealtad, me impiden de momento contar la verdad. Al menos la verdad que yo conozco y que no evita sufrimiento alguno, sino que lo perpetúa como unos puntos suspensivos infinitos que esperan con ansia el punto final para seguir con su vida.

No diré que tu decisión fue precipitada, irreflexiva o egoísta, porque también conozco las razones de tu tormento y la necesidad de una huida, que no lleva a ninguna parte ni permite sanar herida alguna. Más bien la eterniza y la mantiene como enfermedad permanente, en un deambular sin fin y un alejamiento que acorta distancias. En cualquier caso, tal y como te prometí, yo sigo manteniendo un silencio cómplice frente a él, cada vez que tengo la desdicha de tener que enfrentarlo. Y el dolor que supone evitarlo, con la necesidad que tengo de él, es todavía una carga más pesada, que se multiplica con cada metro que te alejas de nosotros y con cada día, cada hora, cada minuto que pasa que sigo siendo fiel a aquella promesa lanzada una estúpida y somnolienta tarde de abril.

Querida Lucía, la primavera ya pasó, y aquí solo quedan ya unas pocas delicias de invierno, que así es como llamabas a aquellas luces del amanecer, que en esta época del año irradian más bajo el sol, impactando en las fachadas y construyendo esos fuertes contrastes que tanto te gustaban y que paladeabas visualmente como si de un pastel se tratase. Jamás he visto a nadie como tu mirar la luz de aquella manera, tan intensa, tan perdida, como si la luz y tú fueseis una sola cosa destinada a un sublime encuentro futuro.

Ya no puedo seguir escribiendo más, al menos no hoy, los recuerdos de tus delicias de invierno pesan demasiado. Si reúno fuerzas en un futuro, volveré a escribirte una nueva carta al vacío que jamás será leída por ti. Puede que ese día te confiese que he reunido la valentía suficiente para romper mi maldita promesa y condena. Ese día dejaré de ser tu amiga con el escenario de una traición detrás. Pero ese día ya no tendré miedo de huir de mis deseos, de estar con la persona amada, de ser libre por fin, si el dolor de la traición que habré cometido me lo permite. Pero puede que ese día no llegue nunca o llegue demasiado tarde.

Tu prisionera permanente se despide de ti, amiga amada, siempre fiel, tuya y vacía.

Elena Sarrión, cónsul de la virtud manifiesta y protectora de la fidelidad encadenada.